Me parece, y esto es una impresión muy personal, que los laicos que no estudiamos, y por tanto no apreciamos, la sabiduría de la Iglesia al instituir el Calendario Litúrgico. Algunos no lo conocen porque algunos sacerdotes (los menos, por suerte) no lo explican claramente a los fieles; pero hay otros que "no le gusta complicarse con esas cosas; me basta con asistir a misa", dicen. "Asisitir", ni siquiera particicipar".
Hemos celebrado una de las fiestas más grandes del año litúrgico y para muchos católicos pasó casi inadvertido: LA FIESTA DE CRISTO REY.
Pongo una reflexión breve que me pareció un buen aporte.
Aurelio.
E-mail: lelodiaz@yahoo.com
EL REINADO DE CRISTO
Jesucristo, Rey del universo, es un hecho grandioso que en toda la Iglesia celebramos solemnemente: es como una síntesis de todo el misterio de salvación.
Con esta solemnidad se cierra el año litúrgico, después de haber celebrado todos los misterios de la vida del Señor, y se llama nuestra atención hacia Cristo glorioso, Rey de nuestras almas y de toda la creación.
Esta fiesta fue instituida para mostrar a Jesús como único soberano ante una sociedad que parece querer vivir de espaldas a Dios.
Cristo vino a establecer su reinado, no con la fuerza de un conquistador, sino con la bondad y mansedumbre del pastor.
Con esta disposición el Señor buscó a los hombres dispersos y alejados de Dios por el pecado.
Y como estaban heridos y enfermos, los curó y vendó sus heridas. Tanto los amó que dio la vida por ellos.
El Reino instaurado por Jesucristo viene a revelar el amor de Dios, y actúa como fermento y signo de salvación para construir un mundo más justo, más fraterno, más solidario, inspirado en los valores evangélicos de la esperanza y futura bienaventuranza.
Y es necesario que Él reine (1 Corintios 15, 25). Es necesario que reine en primer lugar en nuestra inteligencia, mediante el conocimiento de su doctrina y el acatamiento amoroso de esas verdades reveladas.
Es necesario que reine en nuestra voluntad, para que nuestra voluntad obedezca y se identifique cada vez más plenamente con la voluntad divina.
Es preciso que reine en nuestro corazón, para que ningún amor se interponga al amor de Dios.
Es necesario que reine en nuestro cuerpo, templo del Espíritu santo, y en nuestro trabajo, camino de santidad.
La fiesta de hoy es como un adelanto de la segunda venida de Cristo en poder y majestad, la venida gloriosa que llenará los corazones y secará toda lágrima de infelicidad.
Pero a la vez es una llamada y un acicate para que a nuestro alrededor el espíritu amable de Cristo impregne todas las realidades terrenas.
Nosotros colaboramos en la extensión del reinado de Jesús cuando procuramos hacer más humano y más cristiano el pequeño mundo que nos rodea, el ambiente que cada día frecuentamos.
En la fiesta de hoy oímos al Señor que nos dice en la intimidad de nuestro corazón: Yo tengo sobre ti pensamientos de paz y no de aflicción (Jeremías 29, 11), y hacemos el firme propósito de arreglar en nuestro corazón lo que no sea conforme con el querer de Cristo.
A la vez, le pedimos poder colaborar en esta tarea grande de extender su reinado a nuestro alrededor y en tantos lugares donde aún no le conocen.
Para hacer realidad nuestros deseos acudimos, una vez más, a Nuestra Señora, la Madre santa de nuestro Rey, la Reina de nuestro corazón.
Le pedimos que sepamos componer nuestra vida y que seamos bendición de Dios en la vida de los que nos rodean, como un río de paz (Isaías, 66, 12).
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