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Queridos hermanos en Cristo y María, dice el Santo y Real Magisterio:

El corazón “Es nuestro centro escondido, inaprensible, ni por nuestra razón ni por la de nadie; sólo el Espíritu de Dios puede sondearlo y conocerlo. Es el lugar de la decisión, en lo más profundo de nuestras tendencias psíquicas. Es el lugar de la verdad, allí donde elegimos entre la vida y la muerte. Es el lugar del encuentro, ya que a imagen de Dios, vivimos en relación: es el lugar de la Alianza” (CEC 2563).

La mayoría de nosotros entendemos por “corazón” el órgano biológico que bombea la sangre de nuestro cuerpo, o como el centro de nuestros sentimientos. Pero “La tradición espiritual de la Iglesia también presenta el corazón en su sentido bíblico de ‘lo más profundo del ser’ (Jr 31, 33)” (CEC 368). De aquí que se puede hablar del corazón como un “lugar”, y también como una entidad.

San Pablo distingue entre “hombre exterior” y “hombre interior”: “Por esto no desfallecemos. Aún cuando nuestro hombre exterior se va desmoronando, el hombre interior se va renovando día a día” (2Co 4, 16).

Es muy importante conocer nuestro ser interior para aprender a proporcionarle el ejercicio y el alimento que necesita para crecer y desarrollarse. Es más, debemos entablar comunicación con él para saber sus necesidades; dice el Real Magisterio: “’Retorna a tu conciencia, interrógala… retornad hermanos, al interior, y en todo lo que hagáis mirad al Testigo, Dios’ (S. Agustín)” (CEC 1779). Le podemos llamar a nuestro interior, a nuestro corazón, “recinto interior”, “sagrario”, pero también, alma y espíritu.

Y es importante conocer nuestro interior por lo siguiente: “A Dios se le ha de buscar y suplicar en lo íntimo del alma racional, que es lo que se llama ‘hombre interior’; pues ha preferido que éste fuese su templo. ¿No has leído en el apóstol: ‘Ignoráis que sois templos de Dios, y que el Espíritu de Dios habita en vosotros’ y ‘que Cristo habita en el hombre interior?’” (S. Agustín, Dialogo del Maestro 1, 2).

El hombre debe aprender a dialogar consigo mismo, para que pueda discernir entre las “voces” malignas que surgen en su interior, de las verdaderas “voces”, que provienen de su alma, de su conciencia, de su angelito, de María Santísima y de Dios. Esta es una enseñanza prolongada, pero necesaria, puesto que el hombre se transforma en lo que atiende y hace caso; y si hace caso a las mociones de Dios y su Reino, entonces se perfecciona, santifica y deifica, pero si sólo hace caso a su “hombre viejo” (cf. Ef 4, 22-24; Col 3, 10), se deshumaniza y desacraliza.

Pero es muy importante saber que la voz interior verdadera sólo surge cuando Dios lo concede, y esto sucede cuando se lo pedimos con sinceridad: “Crea en mí, oh Dios, un puro corazón, un espíritu firme dentro de mí renueva” (Sal 50, 12). Hay que suplicarle a Dios nos done un nuevo corazón y arranque de nosotros el corazón de piedra, para poder discernir el verdadero camino espiritual e iniciar con una vida interior sana y llena de Espíritu.

Debemos preguntarnos si dedicamos un tiempo de nuestra vida para educarnos en nuestra interioridad, o sólo vivimos una vida exterior muy agitada (no obstante sea religiosa), y no hemos dejado que nuestra alma y nuestro espíritu tengan voz y voto en nuestra conciencia. Si recurrimos a María Santísima, Ella nos enseñará el maravilloso mundo interior con todo su “espacio” y con todos los “seres” que lo pueblan (o lo deben poblar); pues Ella nos muestra que conoce su ser de manera espléndida cuando expresa: “Glorifica mi alma al Señor y mi espíritu se llena de gozo en Dios mi salvador, pues ha puesto su mirada en esta humilde sierva suya”. María sabe qué es su alma y qué es su espíritu, y seguramente como el salmista habla con ellos y los toma en cuenta: “Bendice alma mía, a Yahvé, el fondo de mi ser [el espíritu], a su santo nombre. Bendice, alma mía, a Yahvé, nunca olvides sus beneficios” (Sal 103. 1, 2).

Ahora bien, hermanos, ¿qué nos dice san Pablo cuando nos recomienda: “Hay que creer con el corazón para alcanzar la santidad y declarar con la boca para alcanzar la salvación” (Rm 10, 10)? ¿Es sólo creer con mucho sentimiento y decirlo con la boca para que se cumpla lo que propone? También cuando nuestra duce Madre del cielo nos recomienda orar con el corazón, ¿es nada más hacerlo sentimentalmente? Parece que se nos trata decir algo más: es creer con el alma despierta y actuante, y orar con ella como el salmista: “Bendice al Señor alma mía”.

Pero el alma sólo despierta, vive y actúa al unísono con nosotros si Dios le da nueva vida, y si nos permite comunicarnos con ella. Es algo que le debemos suplicar constantemente y con sinceridad. Cuando nuestra alma está dormida o muerta nos queda bien lo que dice el Señor: “Dejad que los muertos entierren a sus muertos”, pues estamos vivos en lo exterior, y tal vez adormecidos o muertos en lo interior. Pero Él vino para dale vida a nuestra alma, vino a salvar a las almas, por ello Él es el único que puede hacer que “nazcamos de nuevo”, lo cual se logra si se lo pedimos con humildad.

Si sólo existe el hombre exterior, nuestra vida interior está vacía. Y nuestra vida interior empieza a activarse y actualizarse cuando llevamos una vida sacramental sincera. Pero si se ha logrado establecer el estado de gracia, es decir, restaurado la amistad con Dios, es para que desde aquí se empiece a desarrollar una vida interior espiritual activa: “Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas del cielo” nos dice san Pablo, para entonces verdaderamente crecer en el alma y el espíritu. Hay verdadera conversión cuando hay vida interior, pues ésta es producto de un camino constante a Dios.

Hermanos, recordemos lo que nos dice santa Teresa de Jesús: “Pensar que hemos de entrar al cielo y no entrar en nosotros, conociéndonos y considerando nuestra miseria y lo que debemos a Dios y pidiéndole muchas veces misericordia, es desatino” (Moradas 2as. Cap. único, 11).

Les recomiendo examinen las páginas 83 y 84 del “Rosario Catecismo”.

Dios los colme de amor y luz, Cordialmente JJyM.

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