La muerte cristiana tiene un sentido de esperanza gracias a Cristo pues con ella Dios llama hacia Sí al hombre: La muerte es el fin de la estancia terrena y la puerta para entrar a la Mansión eterna.
“La novedad esencial de la muerte cristiana está ahí: por el Bautismo, el cristiano está ya sacramentalmente ‘muerto con Cristo’, para vivir una vida nueva; y si morimos en la gracia de Cristo, la muerte física consuma este ‘morir con Cristo’ y perfecciona así nuestra incorporación a Él en su acto redentor” (CEC 1010).
“Si es verdad que Cristo nos resucitará en ‘el último día’, también lo es, en cierto modo, que nosotros ya hemos resucitado con Cristo. En efecto, gracias al Espíritu Santo, la vida cristiana en la tierra es, desde ahora, una participación en la muerte y en la Resurrección de Cristo: ‘Sepultados con Él en el bautismo, con Él también habéis resucitado por la fe en la acción de Dios, que le resucitó de entre los muertos... Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios’ (Col 2, 12; 3, 1)” (CEC 1002).
Cristo transfiguró con su Muerte la muerte heredada por el pecado en un tránsito a una Nueva Vida en el seno de Dios. Antes de Él la muerte venía a cortar de manera tajante la vida, amores y proyectos del hombre, y casi siempre para precipitarlo al infierno; dicha muerte era tan temida que pocos querían hablar de ella, preferían “gozar de la vida” sin considerar que la existencia desembocaba en un abismo negro. Para muchos no valía la pena esforzarse por ser buenos, puesto que no había garantía de bien morir y trascender a una etapa mejor después de la existencia física.
Cristo transformó con su sacrificio todo dolor y tribulación en una oportunidad para conseguir la felicidad en esta y en la “otra vida” y para siempre; y no sólo esto, sino que cambió la temida muerte en una vía y una puerta hacia la renovación, la santificación y la deificación: por el Nuevo Bautismo, en agua y Espíritu, o en sangre y Espíritu, o en fuego y Espíritu (cf. Jn 3, 5; 1 Jn 5, 6; Lc 3, 16), el iniciado en la Iglesia queda incorporado a Cristo, por tanto recibe la gracia de vivir lo que Cristo superó ya en cada criatura. Para el bautizado que quiera actualizar en sí mismo tan excelentes dones basta con creer en Él: creer en su palabra que nos insta a tomar su camino con la certeza de que su yugo es suave y su carga ligera, basta con aceptar su Cruz y Muerte, las cuales son más amables que los sufrimientos y la muerte fuera de su abrazo de amor. De todas formas todos tenemos que sufrir y morir.
Por Cristo ahora es verdad que si morimos por Él, con Él y en Él resucitamos. La fe en esta promesa representa la fe más plena y sublime: esta es la fe de la santa Iglesia a la que pertenecemos. Y esta fe se consigue con una vida sacramental sincera.
El Señor nos conserve en el seno de la vida verdadera. Amèn. JJyM.
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